El té tenía poco gusto. Casi sin azúcar pero tampoco tenía gusto. Yo solo tenía que desayunar…tenía que. No me habia planteado en mi cabeza nada más que seguir una rutina. Y mi rutina comenzaba en el desayuno.
Y terminaba en el desayuno.
Lo primero que tenía que hacer, para llevar a cabo mi cometido, era buscar un lugar.
No conocía esa nueva localidad, apenas habia arribado la tarde anterior, pero a la hora de que todo empezaba a anochecer. Lo unico que habia hecho era buscar un lugar donde dormir, comer algo y descansar.
Me acontecian muchas sensaciones y eso me cansaba…me cansaba pensar. Pensar en lo que sentía.
Pensar en lo que sentía.
Sentir lo que sentía.
En el mercado encontre mi lugar. Un pequeño local, vacío aun por lo temprano de la hora, y con una pava gigante humeante en la entrada, unas pocas mesitas, y una colcha de muchos colores, con dibujos caracteristicos del lugar, colgada como telon de fondo, a modo de cortina que tapada quien sabe qué….una cama quizas.
Me arrimaron un té que tenía poco gusto. Casi sin azucar, pero tampoco tenía gusto. Y un pedazo de pan. Los devoré en esa distancia que me habia creado, en esa distancia que tenia entre mi misma y las demás cosas, y las demás personas, y esa localidad, y esas costumbres. Miraba la taza en vez de la calle, a mis espaldas. Ese desayuno me estaba dando todo lo que necesitaba.
Toda la soledad.
Mayo 2010
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